
Paró el coche de línea frente a “La taberna del Zarpas” con su sonoro soltar de aire al tiempo que abría la puerta delantera. Me levanté del banco de madera de la parada como si me costase un gran esfuerzo, con un palo de regaliz entre los dientes. Por los tres escalones, tras el conductor, bajó una joven con boina de paño en la cabeza y pañuelo vistoso de amebas por el cuello. Su imagen era la de una pintora liberal o la de un retrato de Angélica Morales realizado por los pinceles de Eduard Blanco. Me dirigí a ella directamente, y pese a no haber nadie más esperando, permaneció ausente como si no me viese. Ayudé al chofer a sacar la maleta de las tripas del autobús:
-Me ha dicho Eduard que querrías ser tellerdana, así que he pensado que mañana te llevaré a un lugar para que te quedes por la eternidad con nosotros. Saldremos pronto, antes de que llegue el autobús de Zaragoza, por si Jaloza viene en él y nos arruina el plan. Él no es hombre de montañas – le dije cargando con sus bultos calle arriba en dirección a Casa Berbi-.
-Me ha dicho Eduard que querrías ser tellerdana, así que he pensado que mañana te llevaré a un lugar para que te quedes por la eternidad con nosotros. Saldremos pronto, antes de que llegue el autobús de Zaragoza, por si Jaloza viene en él y nos arruina el plan. Él no es hombre de montañas – le dije cargando con sus bultos calle arriba en dirección a Casa Berbi-.
- Lástima, me hubiese apetecido conocerlo. Se me hace difícil creer que va a venir hasta aquí con lo poco que le gusta viajar – respondió con un atuse de su brillante pelo siguiendo mis pasos
- Es por su esposa, una gafotas empollona que le habrá echado para poder estudiar tranquila... – mis palabras sonaron menos sarcásticas de lo que querían ser.
La alojé en la habitación anexa a la mía, y aproveché su tiempo de acomodo e higiene para freír unas costillas de adobo, unos pimientos verdes y humedecer con un poco de moscatel unas moras para el postre. Cenamos a gusto, hablando de las cometas de Eduard, de las tontunas de Jaloza, de las críticas de Luís y de las idas de pelotilla de Ubé. A mi prima apenas la mentamos, está de gira. Y fue con el licor de espliego cuando se me insinuó. Claramente. Me hice el despistado, como que no lo interpretaba en el sexual sentido que ella utilizaba, hasta que se me sentó a horcajadas y me besó.
Soy un hombre difícil de enamorar y pese a que me recitó de carrerilla alguno de mis relatos, que me mostró una foto mía que llevaba en su carterita rosa de franela, y me explicó que se había tenido que montar todo lo de su novio, la estación del Mollet, lo de Eduardo... todo para venir a España en mi busca; por más que me jurase, yo no la creí. Sabía que era como todas las demás, querían mi cuerpo y mis dineros. Nada más. No buscaban mis sentimientos, mi alto intelecto o poder cocinar a mi lado.
La desperté pronto, sobre las seis y media, rozándole con mis labios en el hombro desnudo que todavía me abrazaba. – Hay que irse ya – susurré. Remoloneó por las sábanas mientras armé la mochila y me preparé de travesía, así pude contemplar con qué delicadeza vistió su cuerpo con las sedosas prendas francesas que se abotonó. –Ponte este polar también, hace fresco de mañana –
Al salir de Tellerda, conforme se coge altura hacia el collado las vistas van pasando de maravillosas a insuperables. Atravesamos un mar de almendreras en flor, los verdes prados falderos, tomamos el sendero de hierbabuena y almorzamos bajo el último abeto negro. Desde allí la subida ya se torna dura, pedregal, viento y blanco polar.
Desireé, la francesita, me pidió parar, el frío comenzaba a paralizarle y el bello placer no le compensaba. – Estamos cerca – le engañé utilizando la mejor de mis sonrisas, la misma que usé para convencer a Jaloza para que escribiese, clavada a la que puse cuando el Sr. Ubé me pilló con el brazo rodeando a Angélica, idéntica que la que dibujé al ver a Luís en una foto, clónica de la muestro cuando Eduard saca sus Smith&Wesson del 44.
La ventisca se levantó, arreciando de tal forma que tuve que acordonar la cintura francesa que tantas cabezas volvió locas, con la mía, que a modo de tractor tiró hasta franquear las nubes y tomar la cumbre.
- ¡Quienes son esas! - gritó horrorizada al verlas.
- Siéntate, Desireé, pronto comenzarás a tener sueño y desearás quedarte aquí, para la eternidad con ellas – le expliqué recogiendo la cuerda y preparando mi vuelta.
Allí quedó, recostada contra una piedra, con el gesto dulce, como lo eran sus manos. Cuando se endureció la coloqué en dirección a Leuret, conformando un cuadro que bien pudiese haber pintado Eduard, formando un ángulo que parecía chirriar letras ininteligibles como las que escribe Jaloza. Quiero que me comprendáis, entended mi obra, no seáis tan críticos como Luís.