miércoles, 7 de octubre de 2009

El mecánico del tiempo



Mi vida siempre giró alrededor de la catedral, la de Burgos digo, en el sentido literal de la expresión, pues nací en una pequeña casa en su lado más occidental, para tras casarme, instalarme al abrigo de su muro norte, y ahora, tener mi propio negocio en la misma plaza de Santa María. Soy mecánico, en realidad el único en la ciudad y alrededores. Mis encargos, como comprenderéis, son de lo más variopinto: desde agrupar poleas para poder elevar piedras en alguna construcción, hasta ingenios militares, pasando por cualquier raro artilugio necesitado de un mecanismo. Pero sin duda, mi especialidad son los relojes, la quintaesencia del engranaje, la precisión llevada al extremo, conseguir la exactitud de la medida del tiempo. Y fue por esto por lo que me solicitaron que crease uno para la mismísima catedral, no para la torre, sino para colocarlo en la nave central. Bueno, si he de ser sincero, por mi maestría y por ser amigo de Juan de Vallejo, quien por aquel entonces estaba embarcado en la reconstrucción del cimborrio, al haberse venido en fatal derrumbe unos años antes.

Lo tomé con gran ilusión, con tensión similar a la de los estudiantes en Salamanca ante la preparación de su graduación, pues esto es lo que era, mi oportunidad de consagrarme como un Maestro, que quien sabe si pudiera, pasar hacia la inmortalidad. Así que me liberé de todos los encargos, cargando sobre mis ayudantes, y me dediqué personalmente en cuerpo y alma a este reloj.

Cuando apenas llevaba tres meses, una mañana soleada, vi venir hacia mi taller con gran decisión, a dos hombres que habían salido de la catedral. Parecían recriminarse el uno al otro y discutir acaloradamente señalándome con el dedo, así que salí a mi puerta a recibirles, observándoles en su peculiar andar; con amplias zancadas el uno y; a rápidos pasitos cortos el otro.

No entendí sus nombres en la atropellada presentación, pasando a farfullarme sus negociaciones con el obispo, pues eran ellos, los que, por promesas cumplidas y cuestiones con la Santa Madre Iglesia, iban a sufragar el coste de mi trabajo, que en ese momento entendí iba a ser muy mermado del hablado con su Ilustrísima. El mayor y más alto, vestía una especie de casaca roja, de dorados botones y con amplio cuello celeste terminado en puntas, del mismo color que el cinturón con el que se la ceñía. El menor, y casi enano, llevaba un traje amarillo brillante de dos piezas, calzando buenas botas de negro cuero.

Yo intenté deslumbrarles con la técnica, y la palabrería, mostrándoles mis avances en el movimiento uniforme, explicando el efecto de los muelles, los péndulos y volantes, y de cómo por medio de las ruedas dentadas, se transmitía la energía a las manecillas. Saqué dibujos, croquis, cálculos, y hasta les ofrecí realizar el más exacto reloj nunca visto en todas las Españas. No lo conseguí, y el hombre de bermellón me tendió un papel de música dejando claro que esa era la que debería sonar al paso de las horas, junto con una campana. Acto seguido, y sin apenas yo reaccionar, el pequeño y pajizo ser, me explicó que los cuartos de hora, tendrían que marcarse con golpes sobre dos campanitas de tono más agudo.

Dejé el trabajo por unos días, esperando asimilar el fracaso del que creía que sería la culminación de mi vida. Y pasaba horas en el interior de la catedral, paseando por sus tres naves, contemplando en detalle el recién estrenado cimborrio de mi buen amigo Juan, escuchando varias veces sus explicaciones de cómo utilizando las pechinas pasó del cuadrado al octógono, y empapándome del arte de las espléndidas esculturas de la Capilla del Condestable. Obtuve muchas y grandiosas ideas que aplicar al solicitado reloj: encarcelado en una urna de alabastro decorada a semejanza de la obra de los Siloé, inserto en una bovedita estrellada y calada, o en una torrecita plateresca con minuciosos pináculos y chapiteles que le originasen verticalismo. Pero éstas, y otras mas ambiciosas, fueron descartadas por los mecenas, que no hacían sino repetirme el toque de hora, y las campanitas para los cuartos, escenificándomelas ellos mismos.

Terminé en grave discusión, y consentí en terminar la faena tras la mediación del obispo que pese a duras recriminaciones no consiguió subir la pírrica asignación que se me concertó, eso sí, dándoseme libertad de creación.

Así que en la fecha obligada, levanté un andamio para su colocación, y el maestro cantero insertó las piezas. Como pasa con cualquier obra, unos la alabaron y otros la critican, devaluándola y bautizándola como “el Papamoscas”. Lo dejo a vuestro criterio, y espero que cuando lleguéis a la catedral, entrando por la fachada principal, en la nave de la izquierda, miréis por encima del triforio y la juzguéis por vosotros mismos, teniendo en cuenta una cosa: que la hora que marca es exacta.

4 comentarios:

Luis Borrás dijo...

Recuerdo haber estado hace mucho tiempo en esa catedral. Recuerdo vagamente ese reloj. Pero ahora, la próxima vez que vaya me fijaré mejor. Buscaré a esos dos hombres a cada lado, cada uno en su papel.
Me temo que así son los mecenas. Y que así son las cosas del dinero, el presupuesto y los artesanos. Así pensaban los que pagaban. Así los trabajos de encargo.
Un fuerte abrazo

edu dijo...

En Burgos hace un frío de tres pares de cojones. Sólo he visto la Catedral desempañando la ventanilla del vehículo. Era una ruta de Valladolid a Burgos para comprar pescado gallego ¿Inverosímil? Para nada.
Los relojeros me producen una curiosidad enorme, desde el primero que descubrí, mi idolatrado Juan Marsé, la otra cara de la ciudad. Tu estilo tiene algo en común con los libros de éste. Léelo si osas y entenderás lo que digo. (Sé que no lo harás, pero había que intentarlo)
No me pasaron desapercibidas tus entradas las últimas semanas y que como otras me ayudaron a salir del pozo.

Jamás me olvido de los amigos.

Jerónimo el Apache

El hombre invisible dijo...

He visitado tantas veces el cuarto del reloj de la catedral de Teruel (era campanero y todas las mañanas subía a la torre y entraba en el cuarto del ingenio) que le agradezo sobremanera este tipo de relatos.

Ding dong!

edu dijo...

Pero hombre, tanto reloj y tanta medida del tiempo, pero sus lectores continuamos esperando. Porque si no lo sabía usted, tienen seguidores que se hallan a la espera.
Espero que casi todo le vaya bien. No era usted quien decía que para escribir sólo hacía falta tener algo que decir, o algo parecido.
Esos ánimos hombre de Dios, si fuera que no tiene buena pluma, pero no es el caso. Así que continuo a a espera.

Un abrazo de su vecino Spiderman.