miércoles, 30 de diciembre de 2009

I CONCURSO LITERARIO "DE CIENTO A VIENTO"

Nunca ganar un premio fue tan triste. Tener que vencer al gran Jaloza (finalista) para alzarme con el trofeo no fue plato agradable.

Y es que eso de que te presentes a un concurso, y te lea el jurado (porque les parecerá raro pero la mayoría de los jurados nunca se leen los textos) hace que uno tenga posibilidades de hacerse con él.

El tema era "La celda" y yo me escoré a una acepción segundona, tirando hacia lo mío, hacia Tellerda, el sentimiento, lo íntimo... huyendo de las palabras malsonantes, los finales feos y las caídas al precipicio... y salió bien, el jurado unánimemente me votó.

Os dejo con mi primer relato ganador de algo...





El hermano de la celda



Los rápidos pasos se oían correr por el claustro, pese al intento de taparlos del joven Fortuño. El padre Mariano dejó la pluma sobre el escritorio y salió a su encuentro: - ¿Dónde vas tan deprisa? ¡Si te ve el abad, volverás al ayuno! –.

- El hermano Francisco me ha hecho una vela con el sebo que he ido guardando y una hebra de cáñamo. Así podrá escribir ahora que anochece pronto - contestó el zagal sacándola de debajo del sayo.

- Ponla sobre mi mesa y vete al refectorio antes de que te echen de menos – dijo el cisterciense levantándose la capucha a la vez que ocultaba sus manos en las mangas y desaparecía bajo las arcadas.

Fortuño tembló, tal vez por el miedo o tal vez por el frío, se acercó en silencio y empujó la puerta de la celda, que retembló mientras dejaba ver la austera estancia. El camastro, un crucifijo, bajo el ventanuco una fría silla con una sobria mesa sobre la que tan sólo había un tintero, pluma y unos escritos, alumbrados por una vela que crepitaba su fin. Acercó la candela a la pobre llama hasta conseguir encenderla y la clavó sobre la hirviente cera de la otra. Viendo con la nueva luz el cuarto, no le pareció tan lúgubre. Decidió sentarse para verlo desde el lugar en el que lo hacía su mentor y maestro. El hermano Mariano era el único que había mostrado algo de cariño hacia él. Todos le trataban bien, es cierto, pero viéndole como uno más de los huérfanos del monasterio. Y no le gustaba sentirse uno más, ¡sabía leer y escribir! Le había costado muchas horas aprender mientras que los demás jugaban o dormían. Podía entender lo que estaba escrito en esos papeles que tenía enfrente:

“En el final de mis días, desde la celda del Monasterio de San Beturián, no quiero partir hacia el otro mundo sin confesar el único secreto que he tenido en mi pecadora existencia, con el fin de reponer en lo posible, el daño que haya podido causar, dejando claro, que todo lo hice según mi torpe y sincero de servicio a Dios.”

El “Himno a Jerusalén” se escuchó en la lejanía cantado por el coro de voces en la hora nona. Fortuño sopló sobre la llama y corrió hacia el refectorio para llegar a la fila que partía hacia la capilla. Otra vez se había quedado sin cena.


Aquella noche no pudo dormir pensando en el escrito del hermano Mariano... ¿el final de sus días? ... ¿un secreto? ... Debía de volver a entrar en la celda y leer más. Sería en la hora de trabajo, cuando la mayoría estaba en el huerto.

Fue más sencillo de lo que pensaba, nadie reparó en su ausencia cuando con un cesto de cardo se encaminó a las cocinas y, una vez entregado al hermano Martín, cruzó el claustro hasta la puerta, la volteó y retomó el texto donde lo había dejado:

“Todo comenzó cuando la condesa Gisberta hizo donación al monasterio de varios campos de Tellerda, como pago de los servicios eclesiásticos que se habían tenido con su familia por la muerte del señor Conde. El abad quiso demostrar su gratitud, o quizás atraer nuevos bienes, y me ofreció como confesor y guía espiritual de la familia. Así, que los jueves y los domingos, consagraba y daba la Sagrada Forma a la Condesa, la escuchaba en confesión y perdonaba por penitencia.

Más con el devenir de los meses, el confesionario se cambió por un paseo entre los almendros, el rezo de los rosarios lo recitábamos subiendo el Vía Crucis de la Cuesta Mobisón y tomábamos moscatel santificado en el altar de la ermita. Los pecados pasaron a ser confidencias, éstas en confianzas, que cambiaron con los días al querer y de ahí, al amor.”

El tañir de la campana llamando a oración de laudes le sobresaltó, recolocó la silla y corrió a la capilla. ¡El hermano Mariano enamorado de la Condesa! Fortuño se tambaleaba, recitaba el Padrenuestro entre los demás niños y cantaba el “Gloria” sin dejar de mirar al coro de los frailes, como queriendo encontrar la culpabilidad en el rostro de uno de ellos.

Ni siquiera podía esperar al día siguiente: esa misma tarde, antes de que anocheciese, volvería a entrar y terminar de leer el manuscrito del hermano. Había visto ya la rúbrica al final. No podía arriesgarse a que lo cerrase con lacra y sello, pues el secreto quedaría tan sólo para el destinatario.

Dos horas después una puerta chirriaba afónicamente y un chaval ávido de letras se sentaba frente al último escrito.

"Es difícil mantener al amor encarcelado en las mentes, y la serpiente dejó su tentación en forma de tarde de agosto bajo un manzano, donde el impulso carnal venció a la razón y amé a la condesa.

La amé como nunca amé otra cosa. Sé que lo que he dicho puede ser pecado, viniendo de un hombre consagrado a Dios, pero si el Altísimo es el Amor, no puede ofenderle algo tan puro.

Viví unos meses de auténtico tormento, deseosos de verla, de estar en su compañía, de gozarla... pero tras dejarla partir en su carroza pasaba a sentirme pecador, infiel... culpable. Hasta que llegó el diecisiete de febrero de 1591, fue el último día que la vi, envuelta en lágrimas confesándome que estaba en cinta, que era imposible, que era condesa, que yo era confesor... que no nos estaba permitido amarnos... los meses venideros fueron muy duros, meses de soledad y vacío, meses de mucha oración. Meses de contrición."


Isabela de Fiscal, dama de compañía de la Condesa, bajó de la carroza con un bulto envuelto entre ropas, me lo entregó, lloré y lo abracé. Un nuevo huérfano nos había sido entregado, le dije al abad. Póngale un nombre y llévelo con los demás, fue la respuesta.

Por eso confieso ahora, cuando el hermano barbero, pese a sus cuidados, no consigue cortar la sangre de mis heces advirtiendome de mi final, y porque es el único heredero de la Condesa Gisberta.

Sé que pequé. Pero no puedo arrepentirme del amor. Además ahora, que abandono este mundo dejando mi fortuna: Fortuño.”

3 comentarios:

Luis Borrás dijo...

la próxima vez que hagáis un concurso avisarme, mi especialidad es quedar último.
Y de eso que dices que hay jurados que no se leen los relatos... me han contado una historia sobre eso mientras paseaba por las calles de Zeta.
No creo que haya mejor manera de acabar el año que con un nuevo relato. Otro pellizco de los tuyos.
Un Oliver Twist al estilo Tellerda.

¡Feliz año nuevo!
Y el más fuerte de mis abrazos

Anónimo dijo...

Bonita historia José Mari.
Por cierto,cerca de San Beturian en una pequeña aldea (La Mula), habita sólo una dama casi centenaria. Dice no salir de casa por una promesa realizada un día a un monje del cercano monasterio. Doy fe.
Marcos.

Anónimo dijo...

Ya decia, que a ti te iban los claustros.

Felicidades

PLCF