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miércoles, 1 de septiembre de 2010

Rie Payaso


Dedicado a Luciano.



El sonar de los nudillos sobre su puerta le despertó de su blanco pensamiento,"¿piensas que eres un hombre?". Esta vez antes de salir a escena, habló con el pianista y le pidió el favor, el foco no iba a ser el blanco de todas las tardes, "¡No eres más que un payaso! Ponte el disfraz y maquíllate la cara”.

Ante el espejo su melancólica vida se transformaba. Nadie podría pensar que aquel excéntrico y ocurrente payaso era Gil, el serio y callado ser que habitaba en la c/ Poncellos 12, y que tomaba ritualmente café con dos churros en el bar del parque Primado Terno. Mientras se maquillaba pensaba en aquel día que con 16 años se pintó de la misma forma, con qué ilusión, nervios e inocencia decidió darle esos contornos y colores a su cara, sin saber que sería para siempre. La cara de todos los payasos es distinta, única y personal.

Se atavió con el traje viejo, debía ponérselo, los colores llamativos hoy no iban con el alma, hoy no habrá chistes. Los zapatos tampoco fueron los de cartón, sino las gastadas zapatillas blancas y roídas. Se miró en el espejo del armario y comprobó su imagen, sin encontrar lo que creía ser.

La alegre música en la que él entraba corriendo y tirando agua con la flor de su solapa, mientras que las señoras del público gritaban agudamente y los niños se levantaban del asiento, fue sustituida por una suave melodía que creí reconocer. La luz circular sobre el escenario pasó por el celofán rojo y ambientó la salida lenta de Gil el Payaso llevando una silla. Se sentó en ella cuando la música se aclaraba, para dejarle cantar con un tremendo chorro de voz operístico desconocido para todos los que llevaban 35 años haciendo bolos con él."La gente paga para reírse, así que si Arlecchino te roba a Columbina, ¡ríete, payaso, y todos aplaudirán!"

La señora de las palomitas de la fila 2, dejó de masticar ruidosamente, y el niño que lloraba en el lateral derecho calló al instante, tan solo la voz del payaso, que se tornaba cada vez mas clara y despechada se oía resonar. "Convierte tu dolor y tu angustia en bromas, pon cara de guasa en lugar de lágrimas y sufrimiento".

Todos miraron absortos por el timbre vocal y el sostenido sonido de rabia triste. Vieron con el corazón encogido como se levantaba, Gil el Payaso, y lanzaba dolor musical herido abriendo los brazos y dejando caer hacia atrás su cabeza para encontrar aun mayor resonancia. Yo me encontraba en la fila 7 y me di cuenta que mis ojos permitían caer lágrimas de pena, pero al desviar la vista para secarlos, vi que mi hija también estaba llorando, y el señor de su lado, con su señora, también el banco trasero, y el grupo de scouts de la derecha, con la treintona escotada que yo no había dejado de mirar desde que entré."¡Ríe, payaso, de tu amor arruinado!¡Ríe del dolor que envenena tu corazón!" .Toda la platea sollozaba y ya no se ocultaban los llantos graves. Gil bajó su cara y el maquillaje se corría por los surcos que marcaban sus lágrimas al caer. Tomó de nuevo la silla con los acordes finales y respirando aire entrecortadamente, se retiró hasta ocultarse. El telón cayó lentamente, dejando todo el aforo en pie, sumido en aplausos con húmedas mangas.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Arte contemplativo






http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=601129


Otra vez El diario del Altoaragón confía en mi, y me publica un texto. No sabe lo que le agradezco esta confianza y la motivación que me supone... ¡y que no se entere!

viernes, 20 de noviembre de 2009

El anubis negro








Este relato ha sido suprimido al ser incluído en el libro "Viento"

jueves, 29 de octubre de 2009

El penúltimo


Nací el primero, o el penúltimo, porque soy el mayor de los gemelos. Y esto, supongo, marca.

En el colegio formamos un grupo de cinco amigos: Acero, Gutiérrez, Moreno y nosotros dos, los hermanos Vázquez, Julio y yo, que soy Ángel. Me tocó, por riguroso orden de lista, ser el penúltimo, y no hubiese tenido mayor trascendencia de no ser que, comencé a tomar consciencia que en todo lo que hacíamos los cinco, yo, siempre era el penúltimo. En legua castellana, álgebra, física, filosofía… daba igual la asignatura, siempre el penúltimo. Por supuesto, que no divulgué tal coincidencia, e incluso le sacaba algún partido; por ejemplo, me inscribía en cuantas competiciones de eliminación podía, y quedaba medalla de plata en estas carreras de persecuciones. En ellas, en cada vuelta se eliminaba al último en pasar por meta, y yo perduraba hasta la final, en la que desgraciadamente yo era el eliminado… por serlo en penúltimo lugar.

Tampoco estaba tan mal, me decía, nunca era el último, en nada, y eso, dada la crueldad con que tratábamos al último, era un alivio. ¿Quién tira la piedra menos lejos? ¿Quién es el más lento? ¿Quién no salta la acequia? Yo nunca perdí.

De adolescente aún fue mejor, y yo, abusaba de mi condición: ¡el último paga! ¡El que coja la pajita más pequeña pierde! ¡El que saque el número más bajo en el dado eliminado! Y cuando de ligar se trató… solo tuve que esperar, librándome de desprecios y desilusiones, porque hasta que tres de mis amigos no lo hiciesen, yo sabía que no tenía nada que hacer.

Por supuesto, me casé el penúltimo, nunca se llegó a casar Acero. También lo fui en tener los hijos, en comprarme casa, en salir del país, en cruzar el Atlántico… en todo. De esta forma me enteré que mi mujer me engañaba, el día que me dijo Gutiérrez que había pillado a su esposa con el camarero del “Sangri-La”, ya solo quedaba yo, con lo que encaré a mi mujer diciendo que sabía que tenía un lío, confesándomelo todo y divorciándonos antes que Gutiérrez, para volver a ser el penúltimo.

La vida, nos fue separando, pero seguí manteniendo el contacto, por mi interés también, por conocer cualquier detalle que anotaba en mi cuaderno, de tal manera que supe cuando me iba a tocar cualquier suceso de la vida. Así predije que me partiría un brazo, que me tocaría la lotería o que iban a despedir a mi yerno.

Moreno fue el primero en fallecer, de fatal accidente de tráfico. Cinco años después le siguió Acero, y mi hermano hace dos. Así pues, Gutiérrez y yo, comemos juntos trimestralmente, charlamos, y brindamos por los ausentes. Ayer, en el postre, me dijo muy entero que había contraído nosequé extraña enfermedad degenerativa de nombre impronunciable, y que le habían dado tres meses de vida. Quería que fuese nuestra despedida, para que le recordase fuerte, como siempre. Me abrazó, y con lágrimas en los ojos, me dijo: “Tú quedas el último, Ángel”.

- No lo creas, Gutiérrez. No lo creas

miércoles, 7 de octubre de 2009

El mecánico del tiempo



Mi vida siempre giró alrededor de la catedral, la de Burgos digo, en el sentido literal de la expresión, pues nací en una pequeña casa en su lado más occidental, para tras casarme, instalarme al abrigo de su muro norte, y ahora, tener mi propio negocio en la misma plaza de Santa María. Soy mecánico, en realidad el único en la ciudad y alrededores. Mis encargos, como comprenderéis, son de lo más variopinto: desde agrupar poleas para poder elevar piedras en alguna construcción, hasta ingenios militares, pasando por cualquier raro artilugio necesitado de un mecanismo. Pero sin duda, mi especialidad son los relojes, la quintaesencia del engranaje, la precisión llevada al extremo, conseguir la exactitud de la medida del tiempo. Y fue por esto por lo que me solicitaron que crease uno para la mismísima catedral, no para la torre, sino para colocarlo en la nave central. Bueno, si he de ser sincero, por mi maestría y por ser amigo de Juan de Vallejo, quien por aquel entonces estaba embarcado en la reconstrucción del cimborrio, al haberse venido en fatal derrumbe unos años antes.

Lo tomé con gran ilusión, con tensión similar a la de los estudiantes en Salamanca ante la preparación de su graduación, pues esto es lo que era, mi oportunidad de consagrarme como un Maestro, que quien sabe si pudiera, pasar hacia la inmortalidad. Así que me liberé de todos los encargos, cargando sobre mis ayudantes, y me dediqué personalmente en cuerpo y alma a este reloj.

Cuando apenas llevaba tres meses, una mañana soleada, vi venir hacia mi taller con gran decisión, a dos hombres que habían salido de la catedral. Parecían recriminarse el uno al otro y discutir acaloradamente señalándome con el dedo, así que salí a mi puerta a recibirles, observándoles en su peculiar andar; con amplias zancadas el uno y; a rápidos pasitos cortos el otro.

No entendí sus nombres en la atropellada presentación, pasando a farfullarme sus negociaciones con el obispo, pues eran ellos, los que, por promesas cumplidas y cuestiones con la Santa Madre Iglesia, iban a sufragar el coste de mi trabajo, que en ese momento entendí iba a ser muy mermado del hablado con su Ilustrísima. El mayor y más alto, vestía una especie de casaca roja, de dorados botones y con amplio cuello celeste terminado en puntas, del mismo color que el cinturón con el que se la ceñía. El menor, y casi enano, llevaba un traje amarillo brillante de dos piezas, calzando buenas botas de negro cuero.

Yo intenté deslumbrarles con la técnica, y la palabrería, mostrándoles mis avances en el movimiento uniforme, explicando el efecto de los muelles, los péndulos y volantes, y de cómo por medio de las ruedas dentadas, se transmitía la energía a las manecillas. Saqué dibujos, croquis, cálculos, y hasta les ofrecí realizar el más exacto reloj nunca visto en todas las Españas. No lo conseguí, y el hombre de bermellón me tendió un papel de música dejando claro que esa era la que debería sonar al paso de las horas, junto con una campana. Acto seguido, y sin apenas yo reaccionar, el pequeño y pajizo ser, me explicó que los cuartos de hora, tendrían que marcarse con golpes sobre dos campanitas de tono más agudo.

Dejé el trabajo por unos días, esperando asimilar el fracaso del que creía que sería la culminación de mi vida. Y pasaba horas en el interior de la catedral, paseando por sus tres naves, contemplando en detalle el recién estrenado cimborrio de mi buen amigo Juan, escuchando varias veces sus explicaciones de cómo utilizando las pechinas pasó del cuadrado al octógono, y empapándome del arte de las espléndidas esculturas de la Capilla del Condestable. Obtuve muchas y grandiosas ideas que aplicar al solicitado reloj: encarcelado en una urna de alabastro decorada a semejanza de la obra de los Siloé, inserto en una bovedita estrellada y calada, o en una torrecita plateresca con minuciosos pináculos y chapiteles que le originasen verticalismo. Pero éstas, y otras mas ambiciosas, fueron descartadas por los mecenas, que no hacían sino repetirme el toque de hora, y las campanitas para los cuartos, escenificándomelas ellos mismos.

Terminé en grave discusión, y consentí en terminar la faena tras la mediación del obispo que pese a duras recriminaciones no consiguió subir la pírrica asignación que se me concertó, eso sí, dándoseme libertad de creación.

Así que en la fecha obligada, levanté un andamio para su colocación, y el maestro cantero insertó las piezas. Como pasa con cualquier obra, unos la alabaron y otros la critican, devaluándola y bautizándola como “el Papamoscas”. Lo dejo a vuestro criterio, y espero que cuando lleguéis a la catedral, entrando por la fachada principal, en la nave de la izquierda, miréis por encima del triforio y la juzguéis por vosotros mismos, teniendo en cuenta una cosa: que la hora que marca es exacta.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Retraso en el almacén


Dedicado a Jaloza y sus "Manías"


El tío Félix me quiere mucho. Si. Me quiere mucho. Cuando terminé de estudiar jardinería, le dijo a mi padre que podía venir a trabajar aquí con él. Para ayudarle. Él me enseño a conducir la carretilla, o el toro que le llamo yo. No es fácil conducir el toro. Mi tío tardó un mes en dejármelo llevar a mí solo. Me quiere mucho mi tío. El día de mi cumpleaños me lo regaló. Dijo que éramos tal para cual. Y desde entonces, voy siempre montado en él a todas las partes. Porque no salgo del almacén. Mi tío dice que es muy peligroso salir del almacén. Desde que murió mamá, vivo aquí dentro. Como si fuese mi casa. Pero mucho más grande. Muchísimo más grande. El almacén tiene tres veces cien calles. Yo sólo se contar hasta cien, por eso, mi tío pintó cien azules, cien rojas y cien amarillas, así yo puedo encontrar cualquier caja que me pidan, o dejar la que me den donde me pidan. Si, mi tío me quiere mucho y se preocupa de mí. Todas las mañanas, cuando él viene de su casa, me trae un bollo de chocolate y desayuno en la cafetería de la nave. Antes de que lleguen los demás. Y no se lo tengo que pagar, porque dice que vendió la casa de mamá y, con el dinero que le dieron, los puede comprar. También me compró una tele, el día que le firmé unos papeles para que el banco le diera el dinero. Algunos días también me trae chocolate y churros. Muchos viernes. Los que se tiene que quedar con la señorita Chelo a trabajar. La señorita Chelo también me quiere mucho. Como el tío Félix. Trabajan mucho juntos, y cuando ya es muy de noche, salen del despacho del tío riendo, y a veces de la mano. Yo los veo. Mi tío dice que lo hacen cuando han trabajado tan bien que salen tan contentos que se tienen que dar la mano. Pero que no se lo tengo que decir a la tía Marisa, porque a la tía no le gusta la señorita Chelo. A mi tampoco me gusta la tía Marisa. Nunca viene a verme. Y cuando viene me grita para que me lave. Y que me peine. Y no me trae nada. Y me dice que soy un retrasado. No me gusta que me digan que soy tonto. Una vez me lo dijo un señor en la escuela de jardinería. Y le di tan fuerte con el rastrillo que se lo tuvieron que llevar al médico para que se lo quitasen, porque el profesor no se lo podía desclavar. Al día siguiente fue cuando acabé la escuela, y mi tío dijo que podía venir aquí. Aquí yo estoy muy bien. En el pasillo 63 del azul, en el 86 del fondo, en el tercer piso, mi tío deja que sea para mí. Ya os digo que mi tío me quiere mucho y me da todo lo que quiero. Y para que no me aburra, como a mi me gusta mucho la carretilla, me apuntan en las cajas, dónde tengo que llevarlas o si quieren que las traiga de nuevo. Traen camiones llenos de cajas, y me van diciendo dónde las tengo que llevar. Y las llevo. Después me dicen cuales debo traer para ponerlas en el camión. Y las pongo. Así pasamos todos los días. Menos los domingos, que no vienen camiones. Pero mi tío me deja que limpie el toro, y que lo pinte. Me compró pinturas de tres colores para que lo pinte como me gusta. Desde hace tres meses, muchos domingos por la mañana, mi tío viene con mi prima Soledad a la nave. Cuando tiene mucho trabajo. Por eso también viene la señorita Chelo a ayudarle. Y Soledad y yo tenemos toda la nave para nosotros. A Soledad también le cuesta entender algunas cosas. Como a mí. Y también solo sabe contar hasta cien. Lo pasamos muy bien. Le llevo en mi toro hasta mi cuarto en el pasillo 63 del azul, en el 86 del fondo, en el tercer piso. Vemos la tele. Vamos a las máquinas de la cafetería, y compramos algunos pastelitos. Porque mi tío me da los domingos cinco euros para las máquinas. Me siento muy bien cuando estoy con Soledad. Un domingo, hace un mes, ni Soledad, ni mi tío vinieron, pero si que vino la señorita Chelo. Alguien le llamó por teléfono y le debieron decir cosas muy malas porque lloró mucho cuando colgó. Yo le abracé muy fuerte. Como me lo hizo el Padre Luís el día que murió mamá. Y de tanto que lloró, a mi también me dieron ganas de llorar. Y lloramos los dos. Mucho. Tanto que me invitó a comer pastelitos y yo la llevé a mi cuarto en el pasillo 63 del azul, en el 86 del fondo, en el tercer piso. Se sorprendió mucho la señorita Chelo de mi cuarto, y dijo algo de que no estaba en el inventario. Yo no se lo que es un inventario, por eso le dije que era una nave y que estábamos dentro de ella, que no se preocupase, que no había peligro. Hemos tenido poco trabajo estas semanas, dice mi tío, por eso no se han quedado a trabajar. Pero los camiones siguen llegando todos los días. Menos mal. Y hoy que es domingo, ha venido mi tío con Soledad otra vez. Y la señorita Chelo ha llegado después. Mientras trabajan en el despacho, Soledad y yo hemos dado muchas vueltas en el toro, porque a Soledad le gusta también ir montada en el toro en silencio. Yo le cuento los pasillos y le digo cuando puse cada caja. Cuando estábamos en la cafetería le he preguntado si querría ser mi novia y vivir conmigo en la nave. Así podríamos vernos todos los días y dar vueltas con la carretilla. Soledad me ha dicho que si, pero si le dejaba mi tío. Nos hemos sentado en las escaleras del despacho a esperar que terminasen de trabajar. Porque el tío me ha dicho muchas veces que cuando se trabaja no hay que molestar. A mi tampoco me gusta que me molesten cuando voy con el toro. El tío parecía contento y la señorita Chelo no paraba de querer peinarse con la mano mientras sonreía y se ponía bien la falda. Así que como estábamos todos tan contentos, se lo he preguntado. Si podíamos ser novios. A la señorita Chelo le ha parecido enseguida bien, y me ha pellizcado la cara dándome un beso. Me ha llamado Pillín. Yo le he dicho que no me llamo Pillín. El tío se ha empezado a enfadar diciendo que no podía ser. Y otra vez que no podía ser. Y otra vez que no podía ser. Y otra. Y otra. Tanto lo decía que me ha empezado a doler la cabeza, y les he dicho que se fueran. Y se han ido todos. Pero el tío ha vuelto. Gritándome. Ya no me quería. Y ha empezado a decirme cosas feas. Y a preguntarme si le había tocado el culo a Soledad. Y que adónde íbamos los domingos. Y… y… y me ha gritado. Y me ha dicho que yo era retrasado. Que era tonto… A mi no me gusta que me llamen tonto.

Ya les he dicho a estos policías que yo quería a mi tío Félix. Y que no sé donde está. Que discutimos por la tarde del domingo. Pero que yo me fui con mi toro y él se fue a su casa. Que ya no vino. Y tampoco se donde está Soledad. La señorita Chelo tampoco sabe nada. Sólo que la caja del pasillo 66 del rojo, en el 66 del fondo, en el sexto piso no debe moverse. Por lo menos en veinte años.

jueves, 24 de septiembre de 2009

La pelota de Marauder






Este relato ha sido suprimido por estar incluído en el libro "Viento"

jueves, 16 de abril de 2009

La francesita Desireé




Paró el coche de línea frente a “La taberna del Zarpas” con su sonoro soltar de aire al tiempo que abría la puerta delantera. Me levanté del banco de madera de la parada como si me costase un gran esfuerzo, con un palo de regaliz entre los dientes. Por los tres escalones, tras el conductor, bajó una joven con boina de paño en la cabeza y pañuelo vistoso de amebas por el cuello. Su imagen era la de una pintora liberal o la de un retrato de Angélica Morales realizado por los pinceles de Eduard Blanco. Me dirigí a ella directamente, y pese a no haber nadie más esperando, permaneció ausente como si no me viese. Ayudé al chofer a sacar la maleta de las tripas del autobús:

-Me ha dicho Eduard que querrías ser tellerdana, así que he pensado que mañana te llevaré a un lugar para que te quedes por la eternidad con nosotros. Saldremos pronto, antes de que llegue el autobús de Zaragoza, por si Jaloza viene en él y nos arruina el plan. Él no es hombre de montañas – le dije cargando con sus bultos calle arriba en dirección a Casa Berbi-.



- Lástima, me hubiese apetecido conocerlo. Se me hace difícil creer que va a venir hasta aquí con lo poco que le gusta viajar – respondió con un atuse de su brillante pelo siguiendo mis pasos



- Es por su esposa, una gafotas empollona que le habrá echado para poder estudiar tranquila... – mis palabras sonaron menos sarcásticas de lo que querían ser.



La alojé en la habitación anexa a la mía, y aproveché su tiempo de acomodo e higiene para freír unas costillas de adobo, unos pimientos verdes y humedecer con un poco de moscatel unas moras para el postre. Cenamos a gusto, hablando de las cometas de Eduard, de las tontunas de Jaloza, de las críticas de Luís y de las idas de pelotilla de Ubé. A mi prima apenas la mentamos, está de gira. Y fue con el licor de espliego cuando se me insinuó. Claramente. Me hice el despistado, como que no lo interpretaba en el sexual sentido que ella utilizaba, hasta que se me sentó a horcajadas y me besó.



Soy un hombre difícil de enamorar y pese a que me recitó de carrerilla alguno de mis relatos, que me mostró una foto mía que llevaba en su carterita rosa de franela, y me explicó que se había tenido que montar todo lo de su novio, la estación del Mollet, lo de Eduardo... todo para venir a España en mi busca; por más que me jurase, yo no la creí. Sabía que era como todas las demás, querían mi cuerpo y mis dineros. Nada más. No buscaban mis sentimientos, mi alto intelecto o poder cocinar a mi lado.



La desperté pronto, sobre las seis y media, rozándole con mis labios en el hombro desnudo que todavía me abrazaba. – Hay que irse ya – susurré. Remoloneó por las sábanas mientras armé la mochila y me preparé de travesía, así pude contemplar con qué delicadeza vistió su cuerpo con las sedosas prendas francesas que se abotonó. –Ponte este polar también, hace fresco de mañana –



Al salir de Tellerda, conforme se coge altura hacia el collado las vistas van pasando de maravillosas a insuperables. Atravesamos un mar de almendreras en flor, los verdes prados falderos, tomamos el sendero de hierbabuena y almorzamos bajo el último abeto negro. Desde allí la subida ya se torna dura, pedregal, viento y blanco polar.



Desireé, la francesita, me pidió parar, el frío comenzaba a paralizarle y el bello placer no le compensaba. – Estamos cerca – le engañé utilizando la mejor de mis sonrisas, la misma que usé para convencer a Jaloza para que escribiese, clavada a la que puse cuando el Sr. Ubé me pilló con el brazo rodeando a Angélica, idéntica que la que dibujé al ver a Luís en una foto, clónica de la muestro cuando Eduard saca sus Smith&Wesson del 44.



La ventisca se levantó, arreciando de tal forma que tuve que acordonar la cintura francesa que tantas cabezas volvió locas, con la mía, que a modo de tractor tiró hasta franquear las nubes y tomar la cumbre.



- ¡Quienes son esas! - gritó horrorizada al verlas.



- Siéntate, Desireé, pronto comenzarás a tener sueño y desearás quedarte aquí, para la eternidad con ellas – le expliqué recogiendo la cuerda y preparando mi vuelta.



Allí quedó, recostada contra una piedra, con el gesto dulce, como lo eran sus manos. Cuando se endureció la coloqué en dirección a Leuret, conformando un cuadro que bien pudiese haber pintado Eduard, formando un ángulo que parecía chirriar letras ininteligibles como las que escribe Jaloza. Quiero que me comprendáis, entended mi obra, no seáis tan críticos como Luís.

viernes, 10 de abril de 2009

La francesita de Eduard

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Si te quedaste con ganas de saber como acaba la fabulosa historia de Eduard Blanco permaneced atentos a este blog porque se publicará el final...

¿Qué le espera a Désirée en Tellerda?


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sábado, 4 de abril de 2009

Binza

Las uñas hacia adentro y el cuchillo apoyado en la segunda falange, así es como se debe cortar la cebolla. No muy rápido, porque me gusta oír su sonido al ser cortada, ese crujir tierno que me recuerda tanto a la primera vez que la vi. Ella intentaba sin éxito no hacer ruido al comer, y aunque cerraba la boca, se dejaba escuchar la ensalada al ser triturada por sus blancos dientes. Miró a mi mesa sin verme, con los carrillos llenos de vegetal, a la vez que entornaba sus ojos por la luz directa que el lucernario del centro comercial dejaba pasar. Yo si que la miré a ella, hasta que hipnoticé sus ojos y me dieron permiso de sentarme a su lado.


Tal vez las lágrimas que me caen no sean causadas por el picor de la cebolla troceada, sino porque me he sorprendido acariciando la binza de otra que acabo de sacar de la nevera y es casi tan suave como tenía la piel de su brazo la primera vez que la toqué. Imperceptiblemente, pero mi espalda fue recorrida por hormigas que corrieron hasta mi trasero para desaparecer. Cuando la pude tocar, al tomarla de la mano, yo estaba demasiado caliente como para notar otra cosa que no fuesen sus fríos temblores, mezcla de nerviosismo e impaciencia.



Voy pelando la cebolla con la mirada perdida por la ventana de la cocina, quitando una a una las capas, con delicada firmeza, palpando la suavidad oculta en todas ellas, hasta llegar a la más profunda, esfera perfecta que se deshace entre los dedos que la llevan hasta mi boca, lo mismo que sucedió aquella noche ...



Apuro mi copa de vino tras el ding-dong de la puerta, la mesa está dispuesta, la música de fondo, la luz en estudiada penumbra para que las dos velas resalten, la cena en el horno, una ensalada para el centro, y para mi cama... la binza de una cebolla...

miércoles, 4 de febrero de 2009

Mi camisclo azul

Ilustración: Sr. Ubé








Me gusta pasear la hora que antecede a la lluvia. El cielo está cubierto de algodón gris que endurece mi espíritu y aclara mi mente. El aire corre limpio y huele a tierra, es tibio y me libera la serenidad. Ayer llovió. Una hora antes, yo paseaba por los montes de Cerrocid, algodonando, aclarando, limpiando, oliendo y liberando. Normalmente cuando entro en casa lo hago calado hasta las entretelas, pero ayer no. Ayer me senté en el monte y dejé que la lluvia me purificase, suave al principio, violenta al final.


Cesó el agua y me incorporé. Fue entonces cuando creí verlo entre las piedras ladera abajo. Caminé hacia él y lo observé en cuclillas sin tocarlo, hasta que no tuve duda y lo cogí. Era un camisclo azul claro, muy raro de ver, y más de conseguir. Con-ten-to, de haberlo encontrado, al principio no pensé en podérmelo quedar, seguramente tendría dueño y que por alguna extraña razón lo habría extraviado, pero seguro sólo temporalmente.


Pasaron las horas e incluso días, y nadie lo reclamó. Empecé a hacerlo mío, y nos fuimos acostumbrando el uno en el otro, con corrección, asumiendo que en cualquier momento nos podrían separar. Incluso los fines de semana y vacaciones, yo viajaba con mi familia, dejándolo solo en casa, pero a mi regreso lo encontraba mas crecido, más fuerte, mas necesitado de mi... y lo peor, yo de él.


Caímos el uno en el otro. Sin llegar a creerme su dueño, por ser imposible y por lo difícil de que algo tan bello y hermoso pudiese ser para mi, un hombre normal, de los que pasan desapercibidos, común. Se veía mejor conforme yo me entregaba a su cuidado, pidiéndome más charla, más entrega, que yo le daba abandonando mis quehaceres rutinarios, pero encontrando una ilusión en mi interior que hacía mucho tiempo que no sentía, si es que llegué alguna vez a sentirla.


El camisclo, fue creciendo con el tiempo, musculándose, ocupando espacio, hasta alcanzar el techo del salón y presionarlo de forma que lo comenzó a agrietar. Esa fue la primera crisis, pues tuve que enfrentarme a toda mi familia para no talarlo, costeando la apertura de un agujero, a modo de chimenea que llegase hasta el tejado. Pero como ser maravilloso, vio mi angustia y se hizo florecer cuatro brotes, rojos, para que pudiese regalárselos a mi esposa y tres hijos, así, cada cual tuviese su camisclo propio, pudiendo disfrutar de la misma forma que yo lo hacía.


Después llegarían sus plantaciones en el jardín y los siguientes meses fueron los más felices. Todos encontramos nuestros gemelos en los camisclos, nos hicieron convivir en el amor, comulgando en la tranquilidad de la vida entre el jardín y el salón. Durante el verano pasábamos el día bajo sus sombras, parloteando con ellos y comiendo sus generosos frutos. Para septiembre, decidimos no podarlos y dejar que se uniesen las yemas fundiendose en un solo ser, llevando las ramas mas largas a injertarlas con las del azulado ser que habitaba en casi toda la casa ya. Aquel año, el invierno fue crudo, y todos bajamos nuestra actividad, como adormecidos, sin apenas comer y mucho dormir, esperando una primavera.


Llegó con la fuerza vital del mover de la savia, rebrotando en nuestros cuerpos, para abonar, recolectar y comer más fruta que nunca. Mis hijos dormían bajo las hojas de sus camisclos, y mi esposa... mi esposa hacía meses que no yacía conmigo, sino en una rama gruesa con forma de cama. Yo empecé a criticar nuestros hábitos a mi adulto camisclo azul, que siempre terminaba por convencerme de que todo eran malentendidos y reticencias infundadas. Supongo que mis comentarios fueron subiendo de tono, hasta que un día llegué a amenazarles con la poda indiscriminada si no volvíamos a nuestra vida humana cotidiana de antaño. Esa misma noche, oí mucho trasegar de hojas y ramas, temiéndome lo peor, encerrándome en mi cuarto.


A la mañana siguiente, al abrir la puerta, la encontré tapiada por un fuerte brazo leñoso rojo, y las ventanas por otro azul. Lo comprendí. Venían a por mí, eran ellos o yo. Tomé con las dos manos el hacha que guardaba bajo la cama, y partí la roja madera, viendo surgir la resina amarillenta a cada golpe que daba. Al salir, me dirigí recto al salón, y mirando a la cara del viejo camisclo, que me pedía calma y sentido, le corté la boca de un tajo, talándolo en la base, hasta segarlo de parte a parte. Algunas ramas intentaron lo inevitable, pero yo ya blandía el hacha contra todo, emborrachado de sangre y venganza, un frenesí de levantadas de acero y caídas de muerte, hasta que agotado caí sin sentido.


Me desperté mojado de lluvia, fue entonces cuando creí verlo entre las piedras ladera abajo. Caminé hacia él y lo observé en cuclillas, sin tocarlo, hasta que no tuve duda y lo cogí. Era un camisclo azul claro, muy raro de ver, y más de conseguir.